La próxima visita del presidente Xi Jinping a los Estados Unidos debe entenderse como algo más que un encuentro entre dos jefes de Estado; debe verse como un encuentro entre dos futuros posibles.
En un futuro, los Estados Unidos impone una espiral de confrontación contra China. Las disputas comerciales se endurecen hasta convertirse en una guerra económica; luego, la guerra económica se intensifica en bloqueos tecnológicos; los bloqueos tecnológicos producen un cerco militar; y, finalmente, el cerco militar genera incidentes, y los incidentes conllevan el peligro de convertirse en una guerra inimaginable.
En el otro futuro, ambos países aceptan que ninguno puede destruir al otro sin destruir a gran parte de la humanidad. Reconocen que la coexistencia no es un acto de caridad y que la colaboración no es una concesión. Ambas son necesidades.
Ese es el significado de la decisión del presidente Xi de viajar a los Estados Unidos. El Ministerio de Relaciones Exteriores de China ha descrito que la diplomacia de jefes de Estado tiene un papel “insustituible” en la orientación de las relaciones entre ambos países. La visita sigue al viaje del presidente Donald Trump a China en mayo y a las negociaciones en curso sobre aranceles, comercio e inversión. Hay indicios de que el presidente Xi viajará acompañado de una delegación considerable de líderes empresariales chinos. Estos hechos sugieren que Pekín desea alejar la relación de una crisis permanente y orientarla hacia un compromiso práctico.
Sin embargo, la diplomacia entre China y los Estados Unidos no puede limitarse a ser una simple sesión fotográfica. Tampoco debe entenderse como una negociación en la que una de las partes deba ceder ante la otra. Debe basarse en un reconocimiento sobrio de la realidad. O, para ser precisos, de cuatro realidades.
La primera realidad es que no se puede contener a China. China no es un país de poca importancia cuyo desarrollo pueda sofocarse mediante sanciones. Cuenta con una población de más de 1.4 mil millones de personas, un vasto sistema industrial, una comunidad científica cada vez más sofisticada y profundas relaciones comerciales en Asia, África, América Latina y Europa. Independientemente de lo que se piense de China, es absurdo imaginar que pueda simplemente excluirse de la economía mundial. El intento de contener a China ya ha generado un extraordinario catálogo de restricciones: aranceles, controles sobre semiconductores, prohibiciones de inversión, sanciones a empresas chinas, patrullas navales a lo largo de la costa china y la creación de nuevos acuerdos militares desde el Pacífico hasta el Océano Índico. Cada una de estas medidas se presenta como defensiva. Sin embargo, en conjunto, forman una arquitectura de confrontación. Existe una peligrosa ilusión en Washington de que la presión obligará a China a abandonar su desarrollo. Ningún gobierno chino podría aceptar tal exigencia. Tras un siglo de humillación (desde las Guerras del Opio hasta la invasión japonesa), la restauración de la soberanía nacional y la mejora de los niveles de vida son cuestiones no negociables para el pueblo chino. Es posible que Estados Unidos pueda ralentizar ciertos aspectos del desarrollo de China, pero no puede persuadir a China de que regrese a la pobreza.
La segunda realidad es que la separación económica no es ni sencilla ni indolora. Los Estados Unidos y China siguen profundamente conectados a través del comercio, la inversión, las cadenas de suministro, el conocimiento científico y los mercados de consumo. Los agricultores estadounidenses dependen de los compradores chinos. Las empresas estadounidenses dependen de la manufactura china y de los consumidores chinos. China, por su parte, se beneficia del acceso a la tecnología, los productos agrícolas y el capital estadounidenses. Los negociadores están discutiendo actualmente reducciones arancelarias recíprocas y nuevos mecanismos para el comercio y la inversión. Se trata de medidas modestas, pero reconocen una verdad importante: la guerra económica perjudica a ambos países. Los aranceles se anuncian con discursos nacionalistas, pero sus costos se manifiestan silenciosamente en las cuentas del supermercado, los cierres de fábricas, las cadenas de suministro interrumpidas y la pérdida de empleos. Los trabajadores de los Estados Unidos no se benefician cuando China se debilita. Sus dificultades tienen su origen principalmente en las decisiones tomadas por su propia clase dirigente: décadas de desindustrialización, el poder de las finanzas, los ataques a los sindicatos, la privatización de los servicios públicos y la negativa a realizar inversiones sociales serias. China no cerró las fábricas del Medio Oeste de los EE. UU. Fueron las empresas estadounidenses las que las cerraron en busca de mayores ganancias. La respuesta a la desigualdad en cualquiera de los dos países no es el nacionalismo económico por parte de los Estados Unidos.
La tercera realidad es que la humanidad enfrenta problemas que ninguno de los dos países puede resolver por sí solo. La catástrofe climática no tiene pasaporte. El carbono emitido en un país calienta la atmósfera en todas partes. Los Estados Unidos cuenta con inmensos recursos científicos y financieros, mientras que China ha desarrollado una enorme capacidad productiva en paneles solares, baterías, vehículos eléctricos, transporte público e infraestructura de energía renovable. La colaboración entre ambos países podría acelerar una transición energética a nivel mundial. La confrontación la retrasará precisamente cuando ese retraso se ha vuelto intolerable. Lo mismo ocurre con la salud pública. La pandemia de COVID-19 nos mostró el costo humano del secretismo, la competencia y el nacionalismo de las vacunas. La inteligencia artificial constituye otro ámbito urgente de cooperación. Estas tecnologías no pueden ser reguladas adecuadamente por doctrinas militares rivales ni por corporaciones privadas que buscan el máximo lucro. Ambos países deben desarrollar salvaguardias comunes contra las armas autónomas, los ciberataques desestabilizadores, la vigilancia masiva y el uso de la inteligencia artificial para intensificar la desigualdad social.
Por último, la cuarta realidad es la cuestión de la guerra. China y los Estados Unidos son potencias con armas nucleares. Cualquier conflicto militar directo entre ellos tendría consecuencias incalculables. Es por ello que Taiwán no debe convertirse en el detonante de una confrontación catastrófica. El marco de “una sola China” y los acuerdos diplomáticos existentes no deben verse socavados por provocaciones, ventas de armas o gestos destinados al teatro político interno.
La paz requiere moderación de ambas partes, pero la moderación no puede significar que los Estados Unidos rodee a China con bases militares y buques de guerra y luego exija que solo China mantenga la calma. La seguridad no puede lograrse mediante la inseguridad permanente de otro país. Por supuesto, habrá desacuerdos. La colaboración no requiere estar de acuerdo en todas las cuestiones políticas. Tampoco la coexistencia exige guardar silencio sobre las diferencias. Pero los desacuerdos deben resolverse mediante la diplomacia, el derecho internacional y las instituciones de las Naciones Unidas, no mediante sanciones, amenazas y ejercicios militares.
Los países del Sur Global tienen un interés particular en el éxito de esta visita. No quieren que se les obligue a elegir entre China y los Estados Unidos. No desean que sus puertos, minerales, sistemas de telecomunicaciones e instituciones políticas se conviertan en campos de batalla en una nueva guerra fría. Quieren acceso a financiamiento, tecnología, medicina y mercados sin subordinación política. Quieren desarrollo, no ser reclutados para bandos militares rivales. Por lo tanto, la visita de Xi Jinping conlleva una responsabilidad que se extiende mucho más allá de Washington y Pekín. El mundo no necesita un acuerdo que se limite a dividir los mercados entre las empresas chinas y estadounidenses. Necesita un compromiso para reducir el peligro de guerra, desmantelar las medidas coercitivas unilaterales, restablecer las relaciones económicas normales, cooperar en materia de clima y salud pública, y fortalecer los principios de la Carta de las Naciones Unidas.
La importancia de la visita no radica en la ceremonia, sino en la posibilidad. Ofrece a ambos países la oportunidad de alejarse del precipicio. Los Estados Unidos debe abandonar la fantasía de que puede preservar su primacía impidiendo el desarrollo de China. China, por su parte, ha afirmado en repetidas ocasiones que no busca reemplazar a los Estados Unidos como potencia hegemónica. Ese principio debe convertirse en la base de una relación duradera: sin contención, sin dominación, sin guerra.
Existe una vieja costumbre entre los Estados poderosos de considerar el compromiso como una debilidad. En la era nuclear, ocurre lo contrario. No se necesita valentía para ordenar que otro buque de guerra entre en aguas en disputa. Se requiere valentía política para reconocer que el adversario también tiene intereses legítimos, que la coexistencia exige reciprocidad y que la supervivencia de la humanidad es más importante que la vanidad de la supremacía.
Por lo tanto, esta visita debería transmitir un mensaje sencillo de Washington al mundo: la colaboración no es rendición, la diplomacia no es debilidad y la paz no es una abstracción.
La confrontación no ofrece un futuro a ninguno de los dos países.
La colaboración ofrece al mundo una oportunidad.

