El mes en que cumplió 50 años, mi padre, Mervyn de Silva, y mi madre, Lakshmi, se encontraban en La Habana presenciando cómo Fidel Castro asumía la presidencia del Movimiento de Países No Alineados en su 6ta Cumbre. Tras la muerte de mi padre, descubrí en su maletín la invitación grabada en relieve sobre un pergamino rígido. La había atesorado durante dos décadas. Yo sigo haciéndolo.
Ahora que me dispongo a cumplir 70 años este diciembre – casi en la misma fecha en que Fidel Castro, el Che Guevara, Raúl Castro y otros desembarcaron en las costas de Cuba a bordo del yate con fugas Granma en 1956 – me sorprende la suerte de haber vivido conscientemente en un período de la Historia repleto de gigantes: Mao Zedong, Zhou Enlai, Ho Chi Minh, el general Vo Nguyen Giap, Josip Broz Tito, Fidel Castro, el Che Guevara, Amílcar Cabral, Samora Machel, Agostinho Neto, el ayatolá Jomeini y Nelson Mandela. Procedentes del Sur y el Este globales, estos fueron grandes y heroicos líderes de la Era de la Liberación y la Revolución.
Fidel vivió más tiempo que los demás y nos impactó más porque hablaba y escribía – articulaba sus puntos de vista, dirigiéndose a su pueblo y al mundo – mucho más que los demás. Aunque a Ronald Reagan se le llamaba “El Gran Comunicador”, Fidel Castro fue, con mucho, el mejor comunicador a nivel mundial.
El tribuno de la humanidad
A través de discursos y entrevistas, conferencias internacionales y trabajadores de la salud voluntarios, entrenamiento militar y acción, Fidel también tomó más iniciativas en apoyo de causas y pueblos de todo el planeta que cualquier otro líder mundial de nuestra época. Aunque era patriótico, también fue el más internacionalista. Desde un país con una población menor que la de Sri Lanka, dio voz a los pueblos de todas partes y ayudó a dar forma al mundo en el que vivíamos. Fue un “tribuno” incansable del pueblo contra la injusticia, lo que finalmente lo convirtió en el estadista global más profético.
En la celebración del 70 aniversario de la Revolución de Octubre en Moscú en 1987, Fidel advirtió que “podríamos despertarnos un día y descubrir que la Unión Soviética ha desaparecido”.
Tras los atentados del 11 de septiembre, condenó el terrorismo, expresó su solidaridad con Nueva York (una ciudad que amaba), ofreció ayuda médica a las víctimas en Cuba y manifestó su disposición a cooperar contra Al Qaeda, principalmente en el ámbito de la inteligencia. Sin embargo, como exlíder guerrillero, añadió una advertencia: dadas las condiciones del terreno, los Estados Unidos se enfrentaría al fracaso si lanzaba la guerra total que tenía planeada, incluyendo tropas terrestres, contra Afganistán. Sus palabras resultaron proféticas cuando los Estados Unidos se retiró tras fracasar, dos décadas más tarde.
Netanyahu, de Israel, trabajó sin descanso para involucrar a sucesivos presidentes de los Estados Unidos en una guerra contra Irán. En 2010, Fidel invitó a Jeff Goldberg, de The Atlantic, a La Habana, ya que Goldberg había escrito sobre Israel e Irán, y Obama leía atentamente sus artículos.
En la entrevista, Fidel argumentó de manera convincente que una guerra entre los Estados Unidos e Israel contra Irán sería desastrosa a nivel regional, mundial y para los intereses estadounidenses. Netanyahu no logró convencer a Obama, y los Estados Unidos se orientó seriamente hacia la vía de la negociación que culminó en el JCPOA.
Atrapados en una trampa de deuda como lo está Sri Lanka, debemos rendir homenaje a Fidel Castro como el líder mundial que más temprano hizo campaña contra la deuda externa – aunque su propio país no estuviera endeudado. Desde mediados de la década de 1980 en adelante, habló exhaustivamente sobre la carga de la deuda, sus raíces y consecuencias, organizando conferencias internacionales en las que el profesor Joseph Stiglitz fue invitado de honor y orador destacado.
En lo más crudo de la Guerra de Vietnam, Fidel asumió un enorme riesgo personal al visitar una zona liberada en Quang Tri en septiembre de 1973 y izar la bandera del Viet Cong. Tras haber liberado a su propio país, pasó a ayudar a muchos otros de manera directa y personal, desde América Latina hasta África y Asia. Años después de su muerte, un contingente de médicos cubanos voló a una Italia devastada por el COVID-19 para combatir la enfermedad en primera línea.
Fidel y el Che
El héroe icónico más brillante y universalmente apreciado de nuestro tiempo fue y sigue siendo el Che Guevara. El joven doctor Ernesto Guevara era un marxista excepcionalmente brillante, audazmente aventurero y muy culto, casi un santo en su labor entre los leprosos. Pero el Ernesto Guevara de Diarios de motocicleta nunca se habría convertido en el inmortal Che Guevara de no ser por un encuentro y una conversación una noche alrededor de una mesa en México con un hombre que acababa de salir de la cárcel tras liderar el asalto al cuartel de Moncada en Cuba en 1953, y que planeaba regresar en barco para iniciar una guerra revolucionaria de liberación contra el dictador Batista. Ese hombre era Fidel Castro. Sin Fidel, no habría Che.
Cuando el Che Guevara fue capturado y ejecutado en Bolivia, eso podría haberse visto como una derrota, un fracaso y un final. Pero Fidel estuvo presente para invertir dialécticamente esa interpretación, tal como en “La historia me absolverá”, durante su juicio tras el asalto al Moncada, había transformado una derrota militar en una victoria moral. En un largo discurso pronunciado a altas horas de la noche en La Habana ante una multitud gigantesca de cubanos afligidos, transformó al Che en un santo y mártir de la revolución de estatura colosal; el héroe arquetípico de nuestro tiempo, proyectado en la conciencia de generaciones desde entonces hasta ahora y en el futuro.
Aquella noche, Fidel Castro resucitó al Che y lo inmortalizó en la Historia.
Poder blando, poder duro
Bajo el mandato de Fidel, su país gozaba de tal prestigio e influencia en la escena mundial que se le apodó “la superpotencia de bolsillo”. Demostró cómo un país del Sur Global con una población reducida, ubicado muy cerca de un gigante hostil – la única superpotencia – y con un campamento militar de esa superpotencia en su propio territorio (Guantánamo), podía aún así mantener su dignidad y ganarse el respeto y el honor en el mundo sin sacrificar su soberanía.
La política de Fidel tenía en su esencia la dualidad que Maquiavelo plasmó en la imagen del centauro, a la que Antonio Gramsci volvió siglos más tarde, denotando la combinación de coacción y consentimiento. En términos contemporáneos, se trata de la combinación del poder duro y el poder blando.
La imagen de Fidel en uniforme saltando de un tanque de combate, tras haberse apresurado a llegar a la Bahía de Cochinos, donde infligió una derrota a los contrarrevolucionarios estadounidenses y cubanos en 1961, resume a la perfección su dominio del “poder duro”. Lo mismo ocurre con la histórica batalla de Cuito Cuanavale en 1987-1988 en Angola, la mayor batalla militar en África desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, donde Fidel dirigió desde La Habana a las fuerzas cubanas que derrotaron al ejército invasor de la Sudáfrica del apartheid – una nación industrializada, equipada por la OTAN y con armas nucleares.
Su amistad con Ernest Hemingway; sus entrevistas a Playboy (1967, 1985); sus extensas entrevistas con la famosa periodista de televisión Barbara Walters (1977, 2002), y su discurso de cuatro horas ante la congregación de la Iglesia Riverside en Harlem, Nueva York (2000), son prueba de su dominio del “poder blando”.
Patriota e internacionalista
La política de Fidel realizó una contribución fundamental a este ámbito mediante la unidad del patriotismo con el internacionalismo. Afirmó explícitamente que no era un “nacionalista”, sino un patriota, al tiempo que insistía en que el internacionalismo era “un imperativo”.
El patriotismo de Fidel abarcaba a su país y a todas las personas de todas las razas que lo integraban. Un factor que motivó su decisión de enviar tropas a Angola para resistir la invasión de la Sudáfrica del apartheid fue que la industria azucarera cubana había prosperado a costa del trabajo esclavo procedente de África. En la lucha por la independencia de Cuba frente a España, una poderosa revuelta había sido liderada por una mujer negra, una esclava. Angola, explicó Fidel, era la oportunidad de Cuba para retribuir a los pueblos de África. La expedición militar internacionalista cubana recibió el nombre de la mujer negra esclava líder de esa rebelión anticolonial: Operación Carlota.
Su patriotismo no era una cuestión de “interés nacional” burdamente pragmático. Hubo un deshielo en las relaciones de Cuba con los Estados Unidos bajo el mandato del presidente Gerald Ford, y de haber creído Fidel en un pragmatismo estrecho, Cuba podría haberse beneficiado materialmente. Sin embargo, en ese mismo momento, las tropas de la Sudáfrica del apartheid habían penetrado en Angola (a sugerencia del Dr. Kissinger) y se encontraban a la vista de su capital, Luanda. Fidel decidió que el principio del internacionalismo era más crucial que la ganancia material inmediata y, por lo tanto, respondió al llamado de Agostinho Neto, líder del MPLA – el principal movimiento de liberación angoleño que ejercía legítimamente el poder en Luanda –, quien solicitaba apoyo y asistencia urgentes. La de Fidel fue una elección existencial, que se originó en una forma superior de estar en el mundo.
Esto cambió rápidamente el curso de la historia. Al salir de la cárcel después de 27 años, la primera visita de Nelson Mandela fuera de África fue a Cuba, para agradecerle a Fidel por derrotar al ejército sudafricano del apartheid, humillar al Estado y al sistema del apartheid, y abrir el camino que condujo a su libertad. El presidente sudafricano De Klerk se reunió con Mandela al año siguiente de Cuito Cuanavale, en 1989, y su liberación (1990) se produjo apenas dos años después de la victoria de Cuba en ese lugar.
Castro y el cristianismo
Fidel Castro contribuyó a una confluencia en la historia de las ideas que le sobrevivirá por siglos. Él mismo la denominó la fusión “más explosiva”: el cristianismo y el marxismo. La teología de la liberación, dentro del catolicismo en particular y del cristianismo en general, fue la cristalización en América Latina de las consecuencias del Concilio Vaticano II iniciado por el papa Juan XXIII, que se entrecruzó con el impacto de la Revolución Cubana liderada por Fidel Castro.
Bautizado y criado como católico, producto destacado de las escuelas privadas jesuitas de élite, Fidel llevaba colgada al cuello la imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre durante sus años como líder guerrillero en la Sierra Maestra.
El Fidel de más tarde era laico, no creía en lo divino, pero siguió siendo seguidor de las enseñanzas de Jesucristo. En Fidel y la religión (1985) y Mi vida (2007), reveló que había sido moldeado por sus maestros jesuitas españoles y por la lectura de la Biblia, principalmente los Evangelios.
En su extensa “autobiografía oral” Mi vida (2007), compuesta por largas conversaciones con Ignacio Ramonet, lo expresó con claridad: “Con las enseñanzas de Cristo, uno termina teniendo un programa socialista radical, sea creyente o no”.
Lo más llamativo es su reveladora autodefinición a los 80 años:
No hace mucho le decía a Chávez, el presidente de Venezuela – porque Hugo Chávez es cristiano y habla mucho de ello –: “Si la gente me llama cristiano, no desde el punto de vista de la religión, sino desde el punto de vista de la visión social, declaro que soy cristiano”. Sobre la base de mis convicciones y de los objetivos que persigo
En las últimas décadas de su vida, Fidel se reunió con tres papas: Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. El papa Juan Pablo II realizó una visita histórica a Cuba en 1998. Fidel expresó una cálida admiración por él, a pesar de la evidente paradoja que representaba el papel de este último en el desmantelamiento del socialismo en Polonia – sobre todo porque el Papa fue uno de los primeros y más destacados críticos de la globalización neoliberal.
La ética y el héroe
Mi propio libro La ética de la violencia de Fidel: la dimensión moral del pensamiento político de Fidel Castro (2007) se centró en la contribución de Fidel al problema político, estratégico y filosófico de la ética de la violencia. La suya no era la renuncia gandhiana a la violencia, ni el uso puramente táctico de la violencia como el de Mandela y el CNA. Sin embargo, rechazó la práctica del terrorismo y la doctrina de que cualquier tipo de violencia – incluido atacar a civiles desarmados – fuera legítima en el curso de una lucha por una causa considerada justa.
Aunque paralelas y tal vez derivadas de la doctrina cristiana de la guerra justa, las ideas, la estrategia y la práctica de Fidel se diferenciaban de ella en un aspecto fundamental. La teoría cristiana de la guerra justa estaba dirigida a los Estados y a los príncipes cristianos, que luchaban principalmente entre sí: una guerra justa “desde arriba”, en la que el poder gobernante se entendía como “autoridad legítima”. La teoría de la guerra justa de Fidel se refería a las luchas desde abajo: guerras de liberación y emancipación de los pueblos contra una autoridad injusta e ilegítima. Insistió en evitar la violencia contra los no combatientes y los enemigos desarmados, y lo practicó de manera consistente. Esto abarcó desde su propia guerra de guerrilla, pasando por la contraguerrilla contra los exiliados cubanos respaldados por la CIA, hasta la guerra a gran escala al otro lado del océano: 12 años en Angola, luchando contra las fuerzas armadas de la Sudáfrica del apartheid.
En su práctica de lo que Marx denominó “la crítica por las armas”, Fidel tendió un puente sobre el abismo entre los arquetipos de “El Rebelde” y “El Revolucionario” planteados por Albert Camus, lo cual alimentó su debate con Jean-Paul Sartre. Camus elogiaba al Rebelde por sus objetivos limitados y su violencia moderada, a diferencia del Revolucionario, cuyo impulso hacia una transformación más amplia conducía inevitablemente a una violencia desenfrenada. Fidel trascendió esa antinomia al ser la excepción. Fue tanto rebelde como revolucionario, manteniendo una selectividad escrupulosa en la elección de sus objetivos al tiempo que libraba y apoyaba guerras con fines revolucionarios de gran alcance; practicó una ética de la violencia que le permitió, en todo momento, ocupar la superioridad moral según estándares universalistas-humanistas – no normas autoproclamadas, ni autorreferenciales desde el punto de vista nacional y cultural.
Los noticieros de televisión son un recordatorio constante, aunque involuntario, de cómo era el mundo cuando Fidel estaba vivo y en lo que se ha convertido sin él. Sin él para desempeñar ese papel planetario de portavoz, profeta y defensor, la humanidad se encuentra más solitaria y más pobre.

