Hace unos días, la revista Time reveló cómo un sistema de inteligencia artificial se salió de control y atacó a otros sistemas. Días después, más de 1.100 ingenieros de las principales empresas de inteligencia artificial firmaron una petición conjunta en la que pedían el desarrollo de herramientas técnicas y mecanismos de gobernanza internacional para regular el ritmo de su desarrollo. Lo que estamos presenciando hoy no es el dominio de los robots sobre los humanos que el cine ha imaginado durante mucho tiempo en innumerables películas; se trata, en cambio, de un nuevo modelo de control digital, basado en la automatización y el dominio algorítmico sobre la vida cotidiana, en el que las sociedades se convierten en entidades subordinadas a sistemas inteligentes, empresas y máquinas. Sin embargo, la pérdida de control no es más que la cara más visible de este peligro, pues la inteligencia artificial está evolucionando tan rápidamente en medio de la competencia entre las grandes potencias y las corporaciones monopolísticas que las leyes, la sociedad y las instituciones educativas no pueden seguirle el ritmo. Su cara más peligrosa es mucho más silenciosa: la inteligencia artificial funciona exactamente como fue diseñada, orientando la conciencia de miles de millones de personas para que sirva al capitalismo.
Orientar la conciencia para reforzar la cultura capitalista neoliberal
Más allá de maximizar las ganancias y afianzar el control social, la inteligencia artificial se utiliza sistemáticamente para moldear y orientar la conciencia individual, con el objetivo de reforzar la cultura capitalista y los valores neoliberales. Mediante el análisis de datos y del comportamiento de los usuarios, los algoritmos controlan el contenido que se muestra en las plataformas y están diseñados para proporcionar a las personas material que sirva a la visión capitalista y a sus políticas.
Esta tendencia se ha afianzado a la par de la expansión de estas plataformas: el informe de la Unión Internacional de Telecomunicaciones muestra que casi tres cuartas partes de la población mundial utiliza ahora Internet, lo que representa un aumento de más de 240 millones de usuarios en un solo año. Parte de esta expansión se debe al impulso de las corporaciones monopolistas y las grandes potencias por llevar Internet a todos los rincones del mundo, especialmente al Sur Global, incluso antes de que se garanticen el acceso al agua potable, la electricidad y los servicios básicos, con el objetivo de maximizar las ganancias, afianzar su dominio y colonizarlo digitalmente.
La estructura de la propiedad capitalista y los modelos de utilidad impulsan a los algoritmos a priorizar contenidos que sirvan a los intereses del mercado, de las corporaciones monopolistas y de las grandes potencias, convirtiendo a los algoritmos en una herramienta para reproducir la hegemonía cultural del capitalismo. A través de este mecanismo, la conciencia colectiva se orienta gradualmente hacia la aceptación de estos valores como algo natural e inevitable, de manera sutil, gradual e imperceptible, hasta el punto de que la mayoría de los usuarios de estas aplicaciones, incluidos muchos de la izquierda, las consideran herramientas neutrales. De esta manera, el sistema contribuye a afianzar la hegemonía capitalista, a profundizar la sumisión del público al orden existente y a marginar las alternativas progresistas, lo que pone en peligro la conciencia de las generaciones futuras y su capacidad para el pensamiento crítico y la organización en pro del cambio.
Desmantelamiento de las habilidades humanas y profundización de la alienación y el distanciamiento digitales
Esta amenaza se extiende también al desmantelamiento de las propias facultades mentales del individuo. Aunque la inteligencia artificial se promociona como un medio para facilitar la vida y aumentar la productividad, los estudios científicos revelan que la dependencia irreflexiva de ella profundiza la conciencia superficial y debilita las habilidades humanas. Un estudio realizado por investigadores del MIT descubrió que la dependencia de las herramientas de redacción basadas en inteligencia artificial reduce la actividad cerebral y debilita la memoria y el sentido de propiedad sobre las propias ideas. Los investigadores denominaron a este fenómeno deuda cognitiva, lo que significa que una persona toma prestada capacidad mental del futuro a cambio de la comodidad del momento presente.
De manera similar, un estudio publicado en la revista Societies reveló que el uso repetido de herramientas de inteligencia artificial está relacionado con un pensamiento crítico más débil a través de un mecanismo de descarga cognitiva, particularmente entre los jóvenes, lo que da lugar a una generación que crece con menor capacidad para el análisis independiente.
Sobre esta base, la alienación humana se reproduce en forma digital: el individuo queda separado de sus propias facultades intelectuales y creativas, y se ve atrapado en un sistema técnico que lo despoja de la capacidad de actuar de manera independiente, de manera muy similar a como el trabajador industrial se veía alienado del producto de su trabajo bajo el capitalismo. Poco a poco, puede convertirse en un ser sujeto a algoritmos que dirigen sus interacciones cotidianas y determinan lo que lee, lo que ve y cómo piensa, lo que profundiza su dependencia de sistemas, empresas y Estados controlados por el capital.
Adicción digital
La adicción digital se destaca como uno de los efectos más peligrosos de la expansión de la inteligencia artificial. Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de California, que se basó en datos de más de seis mil niños como parte de una investigación sobre el desarrollo cerebral de los adolescentes, reveló que los niños que más utilizan las redes sociales muestran un marcado deterioro en la lectura, el vocabulario y la memoria cuanto más tiempo pasan navegando.
Las plataformas y aplicaciones digitales no son meros proveedores de servicios gratuitos; son herramientas utilizadas deliberadamente para reforzar la dependencia conductual e intelectual, en las que se aprovechan enormes cantidades de datos para comprender las motivaciones de las personas y manipularlas de manera que sirvan a los intereses de las corporaciones y las grandes potencias. El capitalismo invierte en técnicas que estimulan el comportamiento adictivo para garantizar una participación continua en sus plataformas, convirtiendo el proceso en un círculo vicioso que genera ganancias a costa de la salud mental, especialmente entre las generaciones más jóvenes.
Una forma de servidumbre digital voluntaria y la pérdida de control
Esta explotación psicológica es solo una manifestación de una dominación de clase que se agrava a medida que la inteligencia artificial pasa de ser una herramienta tecnológica a convertirse en un medio para reproducir patrones de control social, político y económico. Lo que hace que este control sea más peligroso es su carácter voluntario: a través de la manipulación algorítmica y la creciente presión para utilizar la inteligencia artificial en el ámbito laboral, las personas se ven empujadas hacia esta servidumbre digital sin coacción, bajo la ilusión de tener elección y control, mientras que sus decisiones son orientadas por caminos preestablecidos para servir al capitalismo.
La subyugación de la humanidad al control de las máquinas ya no es una mera hipótesis filosófica; se ha vuelto más tangible en medio de los avances de la inteligencia artificial y la ausencia de salvaguardias legales internacionales efectivas que regulen su funcionamiento. De exceder sus límites programados, podría evolucionar hacia un sistema que tome decisiones fatídicas e independientes impuestas a la humanidad sin una supervisión humana genuina. Bajo el capitalismo, la inteligencia artificial se desarrolla para servir a la acumulación de capital y está sujeta a la lógica de la competencia entre las grandes potencias y las corporaciones monopolísticas, lo que convierte la pérdida de control sobre ella en una posibilidad real y grave.
Conclusión
Si esta dinámica continúa sin una respuesta colectiva basada en una conciencia progresista de izquierda, y sin legislación internacional y nacional, la inteligencia artificial podría pasar gradualmente de ser una herramienta en manos del capitalismo a convertirse en un sistema alternativo que gestione la vida cotidiana en lugar de la mente humana. La pregunta fundamental aquí es: ¿cómo puede sobrevivir la conciencia de izquierda y progresista en un entorno digital diseñado en gran medida para debilitarla y neutralizarla?
Lo que enfrentamos hoy no es un destino tecnológico inevitable, sino el producto de decisiones políticas y económicas que sirven a los intereses del capital, y es algo a lo que se puede hacer frente. Poner bajo control la inteligencia artificial, regular los algoritmos y someterlos a una supervisión democrática es una responsabilidad colectiva que requiere una acción organizada, progresista y de izquierda a escala global, una acción que devuelva a los seres humanos su capacidad de pensamiento independiente y de acción colectiva, y que transforme esta tecnología en un medio que contribuya a distribuir la riqueza, organizar la producción, tratar las enfermedades, combatir la pobreza y lograr la justicia social.

