Durante más de tres décadas, los Estados Unidos ha tratado la diplomacia en Medio Oriente como un ejercicio para dictar las condiciones a los demás. La estrategia regional emergente de Irán está desafiando ese privilegio. La evidencia más inmediata está surgiendo en el estrecho de Ormuz. Irán y Omán están negociando un acuerdo en virtud del cual Teherán podría supervisar los buques que ingresan al Golfo, mientras que Mascate se encargaría del tráfico de salida. La propuesta aún no se ha concretado, pero representa algo más amplio que un simple acuerdo marítimo: Irán está intentando desviar la agenda diplomática de la cuestión limitada del cumplimiento de sus compromisos nucleares hacia la arquitectura más amplia de la seguridad del Golfo.
Desde el fin de la Guerra Fría, la diplomacia estadounidense en Medio Oriente ha comenzado a menudo con una conclusión: Washington define la crisis, identifica a las partes aceptables y establece los límites del acuerdo final. La negociación se convierte entonces, menos en una discusión sobre el orden político, que en un proceso mediante el cual se pide a los Estados más débiles que lo acepten. Los acuerdos generados bajo este sistema no eran, literalmente, documentos de rendición. Sin embargo, con frecuencia conllevaban la lógica política de la rendición: una de las partes conservaba el poder de decidir qué se consideraba cumplimiento, mientras que a la otra se le exigía demostrar su idoneidad para recibir ayuda económica, reconocimiento político o un autogobierno limitado.
Irak y Palestina
Irak fue el ejemplo más claro. Tras la Guerra del Golfo de 1991, las sanciones generales devastaron una sociedad ya de por sí maltrecha. El Programa “Petróleo por Alimentos” de las Naciones Unidas, establecido por la Resolución 986 del Consejo de Seguridad en 1995, permitía a Irak vender cantidades limitadas de petróleo, mientras que los ingresos pasaban por un sistema de depósito en garantía controlado por la ONU para pagar bienes humanitarios. Se presentó como ayuda, pero su mensaje subyacente era inequívoco: Irak solo podía acceder a su principal recurso dentro de una estructura diseñada y supervisada desde el exterior. La soberanía se había vuelto condicional y los castigos – incluidos los bombardeos puntuales por parte de los Estados Unidos – se convirtieron en algo habitual.
El proceso de Oslo funcionó de manera diferente, pero reflejaba un desequilibrio similar. La Declaración de Principios de 1993 fue negociada directamente por israelíes y palestinos a través de un canal noruego y firmada en Washington. Trajo consigo el reconocimiento mutuo y creó instituciones palestinas provisionales, pero el acuerdo pospuso las cuestiones decisivas (la condición de Estado, las fronteras, Jerusalén, los refugiados y los asentamientos), al tiempo que dejaba a la parte ocupante en control del territorio y de la realidad sobre el terreno. Washington patrocinó un “proceso de paz” sin corregir la asimetría que hacía que una paz justa fuera tan difícil de alcanzar. La ocupación israelí de Jerusalén Oriental, Gaza y Cisjordania se volvió estructuralmente permanente.
En ambos casos, los Estados Unidos y las instituciones que dominaba ejercieron un poderoso privilegio: determinaron la pregunta que todos los demás debían responder.
Irán
En el caso de Irán, esa pregunta ha sido, durante más de dos décadas, el tema de las armas nucleares. La preocupación no comenzó en 2005 (la cronología de la Agencia Internacional de Energía Atómica remonta el compromiso intensivo a 2002 y 2003), pero el enfrentamiento se agudizó después de 2005, cuando Irán reanudó las actividades de conversión de uranio relacionadas con la energía nuclear y la disputa se trasladó al Consejo de Seguridad de la ONU. Los dirigentes iraníes afirmaron que no tenían interés en las armas nucleares, pero fueron ignorados. A partir de entonces, casi todas las discusiones sobre Irán giraron en torno a los niveles de enriquecimiento, las centrifugadoras, las inspecciones, el tiempo de ruptura y el alivio de las sanciones. Enmarcar el programa de energía nuclear de Irán como un problema de proliferación nuclear resultaba políticamente conveniente para Washington. Redujo una amplia contienda en torno al programa de armas nucleares de Israel, las bases militares estadounidenses, las sanciones y el control marítimo a una prueba del cumplimiento por parte de Irán. Los Estados Unidos pudo mantener una enorme presencia militar en todo el Golfo al tiempo que presentaba las capacidades de Irán como la única fuente de inestabilidad.
Irán está intentando ahora invertir ese debate. A través de una diplomacia en la que participan Omán, Pakistán y otros Estados de la región, la postura de Teherán es que la cuestión nuclear no puede separarse de la arquitectura de la seguridad regional. La cuestión ya no es simplemente qué límites aceptará Irán, sino también qué límites deberían aplicarse a la presencia militar y al poder coercitivo de los Estados Unidos y sus aliados. Por eso es importante el tema de las bases estadounidenses en el Golfo. Para Washington, esas instalaciones constituyen una infraestructura que protege a los aliados, el abastecimiento energético y la navegación. Desde la perspectiva de Teherán, son las posiciones avanzadas de una potencia capaz de atacar a Irán sin correr el riesgo de sufrir represalias en su propio territorio. El argumento de Irán es que ningún acuerdo duradero puede exigir una moderación permanente por parte de Teherán mientras se considere que la postura militar de los Estados Unidos en Asia Occidental está fuera de negociación.
El debate emergente sobre el Estrecho de Ormuz concreta este cambio de perspectiva. Irán y Omán han informado de avances en un nuevo acuerdo para el tráfico marítimo a través de esa vía navegable. Según las descripciones de la propuesta, Irán supervisaría el tráfico de entrada al Golfo y Omán el de salida, si bien aún se discute la forma de pago por los servicios de seguridad o ambientales. El plan no es definitivo, y Washington se opone a cualquier acuerdo que comprometa el libre paso o otorgue a Teherán el control sobre sus propias aguas territoriales. Aun así, la importancia política de este acuerdo que se está discutiendo es considerable.
Durante décadas, los Estados Unidos se ha erigido como el garante supremo de la navegación en el Golfo. Las conversaciones entre Irán y Omán sugieren un principio alternativo: los Estados que bordean una vía navegable estratégica pueden establecer por sí mismos su orden de funcionamiento. Esa posibilidad también pone de manifiesto una contradicción en la política de sanciones. Si los buques comerciales deben ingresar al Golfo a través de un corredor administrado por Irán, los armadores, las aseguradoras y los bancos necesitarán saber si los servicios, los sistemas de datos o las tarifas iraníes requeridos activan restricciones estadounidenses. El mero hecho de navegar por aguas territoriales iraníes no violaría automáticamente todas las sanciones de los Estados Unidos. El problema legal no surgiría del paso en sí mismo, sino de los pagos a entidades iraníes, el uso de proveedores de servicios sancionados, la exposición al riesgo de seguros y el procesamiento de datos de los buques a través de un mecanismo administrado por Irán. Sin embargo, un sistema administrado por Irán que funcione correctamente podría obligar a Washington a expedir licencias, tolerar transacciones definidas de manera restrictiva o arriesgarse a obstaculizar el comercio que dice estar protegiendo. Las sanciones ya no serían un instrumento aplicado en un vacío político; entrarían en conflicto con los requisitos prácticos del paso marítimo. Lo que esto significa para la política general de sanciones de los Estados Unidos solo quedará más claro posteriormente para las aseguradoras y las empresas navieras.
El panorama regional más amplio refuerza el argumento de Irán. La reconciliación de 2023 entre Irán y Arabia Saudita, negociada por China tras conversaciones previas organizadas por Irak y Omán, restableció las relaciones diplomáticas entre los dos principales rivales del Golfo. No resolvió su competencia ni borró sus conflictos. Pero demostró que la desescalada podía lograrse mediante negociaciones regionales y una mediación no occidental (en este caso, sustancialmente, por parte de China) en lugar de una campaña de bombardeos de los Estados Unidos.
La mediación de Pakistán y el creciente diálogo en materia de seguridad entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán apuntan en la misma dirección, aunque no deben confundirse con un bloque liderado por Irán. Estos Estados tienen sus propios intereses y, en ocasiones, profundas sospechas hacia Teherán. Su importancia radica en otro aspecto: los gobiernos regionales están experimentando con acuerdos superpuestos en los que Washington ya no es el único convocante, garante o autor. La acción militar de los Estados Unidos ha prometido repetidamente la disuasión, al tiempo que ha generado escalada, desplazamientos y nuevos agravios. Los bombardeos pueden destruir instalaciones y eliminar a los comandantes, pero no pueden crear un orden regional legítimo. Tampoco puede ser estable un sistema cuando un Estado (Israel) posee armas nucleares no declaradas, continúa ocupando a un pueblo y llevando a cabo un genocidio en su contra (los palestinos), y se siente con la osadía de atacar a sus vecinos (Líbano, Irán, Siria) cuando así lo desee.
Las verdaderas preguntas
El verdadero desafío que Irán ha planteado a Washington es, por lo tanto, conceptual. ¿Quién define la agenda? ¿Quién decide qué armas, bases y alianzas son desestabilizadoras? ¿Quién controla las vías navegables por las que transita la riqueza de la región? ¿Y debe garantizarse cada acuerdo desde afuera, o pueden las potencias regionales (con todas sus rivalidades) establecer acuerdos exigibles entre ellas mismas?
El próximo acuerdo sobre el Medio Oriente no será duradero si se asemeja a un documento de rendición. Deberá abordar la moderación nuclear, los despliegues militares extranjeros, el acceso marítimo, las sanciones, los misiles y la no agresión mutua como partes de un mismo problema de seguridad. El logro de Irán no es que haya resuelto ese problema. Es que, tras décadas de verse obligado a responder a la pregunta de Washington, ha obligado a la región a plantearse una diferente. La cuestión ya no es solo qué debe ceder Irán, sino qué debe estar dispuesta a negociar cada potencia (incluidos los Estados Unidos).

