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La deuda de Angola con Cuba sigue pendiente

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En el “Parque de la Libertad” (S’kumbuto), a las afueras de Pretoria (Sudáfrica), hay un Muro de los Nombres que rinde homenaje a los hombres y mujeres que murieron en la lucha por liberar a Sudáfrica del apartheid. Entre ellos se encuentran los nombres de dos mil setenta soldados cubanos que murieron en Angola entre 1975 y 1988 por la liberación del sur de África. Se dice, sin embargo, que dos mil doscientos ochenta y nueve cubanos murieron en ese período en la región. En agosto de 1975, llegó el primer grupo de asesores militares cubanos para ayudar al Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) contra las fuerzas angoleñas (principalmente la UNITA) respaldadas por el Estado sudafricano del apartheid. Su número aumentó hasta alcanzar los 375.000 soldados y pilotos cubanos, así como civiles (entre ellos médicos y maestros). Fueron estos cubanos, junto con las tropas del MPLA, quienes derrotaron a las fuerzas del apartheid sudafricano y a sus aliados de la UNITA en la batalla de Cuito Cunavale en 1988. Cuando fue liberado de prisión, el primer lugar fuera de Sudáfrica al que acudió Nelson Mandela fue Cuba. En La Habana, en 1991, Mandela dijo: “Sin la derrota de Cuito Cunavale, nuestras organizaciones no habrían sido legalizadas. Cuito Cunavale marca el punto de inflexión en la lucha por la liberación del sur de África».

La misión cubana en Angola recibió el nombre de Operación Carlota, en homenaje a la mujer esclava que lideró una rebelión en Matanzas contra la esclavitud durante el Año del Látigo (1843-44). Cuando África necesitó ayuda, Cuba respondió al llamado.

Hoy, Cuba necesita solidaridad. Ha estado bajo un bloqueo ilegal durante casi setenta años y, desde hace varios meses, se encuentra bajo un bloqueo petrolero genocida. Los Estados Unidos ha impedido que entren en Cuba todos los suministros energéticos vitales, bloqueando los barcos procedentes de Venezuela y México y amenazando con sancionar a las empresas de transporte y de seguros que prestan asistencia a Cuba. Los apagones azotan a esta nación insular de diez millones de personas, cuya capacidad para llevar una vida digna se ha puesto en tela de juicio. Se trata de una emergencia. No hay otra forma de describirlo.

Angola es uno de los mayores productores mundiales de petróleo crudo y, en su refinería de Luanda, produce derivados del petróleo. El petróleo de Angola es propiedad de la empresa estatal Sonangol, que tiene contratos con diversas empresas petroleras occidentales, como TotalEnergies (Francia), Eni (Italia) y Chevron (Estados Unidos), todos ellos países que defendieron a sus enemigos durante la guerra. Las reservas marítimas de Angola la han convertido en un actor clave en los mercados energéticos mundiales. Los ingresos del petróleo han transformado Luanda en una ciudad de contrastes evidentes: rascacielos relucientes junto a asentamientos informales, con la riqueza del petróleo distribuida de manera desigual y el desarrollo del país lastrado por desigualdades estructurales. El MPLA ha gobernado el país desde 1975, aunque este no es el MPLA que luchó junto a los cubanos hasta 1988. José Eduardo dos Santos, quien dirigió el país de 1979 a 2017, abandonó el marxismo, dio forma a la industria petrolera y privatizó activos estatales lucrativos en beneficio de una pequeña élite rentista (incluida su familia).

A pesar de las limitaciones de la situación en Angola, en 2015 el Gobierno de Angola erigió en Cuito Cunavale una gran estatua de bronce que representa a un soldado angoleño (del MPLA) y a un soldado cubano de pie uno frente al otro, sosteniendo juntos un mapa de Angola. Es un poderoso símbolo de la realidad de cómo Angola ganó su soberanía: con el sacrificio y la lucha de angoleños y cubanos. Sin la intervención de Cuba, es totalmente plausible que Angola hubiera caído bajo el control de fuerzas alineadas con la Sudáfrica del apartheid y los intereses occidentales, y que sus recursos se hubieran extraído en condiciones mucho menos favorables para su pueblo. El petróleo que Angola vende ahora en el mercado mundial podría no haber estado nunca bajo control angoleño. En este contexto, la cuestión de que Angola suministre petróleo a Cuba no es meramente económica, sino histórica y moral.

Tanto el MPLA como el Gobierno de Angola han condenado el bloqueo ilegal de Estados Unidos contra Cuba. En septiembre de 2025, el presidente de Angola, João Lourenço, afirmó que el bloqueo “injusto y prolongado”, que causa un grave perjuicio al pueblo cubano, debe ser “levantado incondicionalmente”. Desde entonces, los Estados Unidos no ha hecho más que endurecer su control sobre la economía cubana.

Un petrolero ruso, el Anatoly Kolodkin, llegó a Matanzas (Cuba) el 30 de marzo para romper el asedio. Ese petrolero lleva el nombre de un famoso jurista soviético que fue uno de los redactores del tratado de la ONU sobre el Derecho del Mar (1982) y que formó parte de la Corte Internacional de Justicia. Quizás los rusos quisieron enviar un mensaje sobre el derecho internacional al elegir ese petrolero para transportar petróleo a Cuba en contra del bloqueo ilegal de Estados Unidos. Quizás el presidente Lourenço pueda renombrar provisionalmente a uno de los petroleros angoleños como Carlota en honor a la operación cubana que contribuyó a la liberación de su país. Sonangol se enfrentaría a desafíos legales, pero que así sea: Cuba superó innumerables amenazas y desafíos para ayudar a Angola, y luego se retiró sin pedir nada a cambio.

La historia no sigue líneas morales claras. Es irregular, contradictoria y, a menudo, indiferente a los sacrificios realizados en su nombre. Sin embargo, hay momentos en los que el balance de la historia se vuelve lo suficientemente claro como para que podamos hablar, sin vacilar, de obligación – de deudas contraídas no por coacción, sino por solidaridad. La relación entre Cuba y Angola es uno de esos momentos. Es una relación forjada no en acuerdos comerciales o formalidades diplomáticas, sino en sangre, en sacrificio y en un compromiso compartido con la liberación de África del dominio colonial y del apartheid.

Vivimos en una época en la que el lenguaje de la solidaridad se ha vaciado de contenido, sustituido por el vocabulario tecnocrático de las “asociaciones” y las “inversiones”. Sin embargo, la historia de Cuba y Angola nos recuerda que es posible otro tipo de relación: una basada no en la extracción o el lucro, sino en el compromiso mutuo con la dignidad humana. Cuba no envió a sus hijos e hijas a Angola porque esperara petróleo a cambio. Lo hizo porque creía que la libertad de Angola era inseparable de sus propios ideales revolucionarios. Esa creencia, independientemente de lo que se piense de ella, tuvo consecuencias reales. Cambió el curso de la historia en el sur de África. Hoy, Angola puede responder – no por una obligación impuesta desde afuera, sino por el reconocimiento de una historia compartida. Suministrar petróleo a Cuba sería afirmar que los sacrificios del pasado no se han olvidado, que el internacionalismo no es una reliquia y que el Sur Global aún puede actuar de maneras que desafían la lógica estrecha del lucro.

Fin del ARTÍCULO
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abril 1, 2026
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