El 2 de septiembre, fragmentos de un misil estadounidense atravesaron el techo de una celebración nupcial en Kuhestak, en el condado de Sirik, al sur de Irán. Cuatro personas perdieron la vida, entre ellas un niño, y sesenta y ocho resultaron heridas. Estados Unidos ha convertido en una práctica habitual bombardear bodas – en Afganistán, Irak, Yemen y ahora en Irán. Cuando se le preguntó al vicepresidente estadounidense J. D. Vance sobre los fallecidos, se encogió de hombros: “Son cosas que pasan”. Esa frase debería quedar registrada en los anales de esta guerra. El imperialismo convierte las catástrofes ajenas en voz pasiva.
El ataque contra la boda formó parte de una nueva ronda de ataques estadounidenses a lo largo de la costa sur de Irán y en torno al Estrecho de Ormuz. Washington afirmó que había atacado instalaciones de misiles y de colocación de minas. Teherán respondió con misiles y drones contra instalaciones estadounidenses en Jordania, Bahrein, Kuwait, Irak y los Emiratos Árabes Unidos. No se trató de un alto el fuego empañado por violaciones ocasionales, como insiste en llamarlo gran parte de la prensa del Atlántico Norte. Durante seis meses, el conflicto ha seguido un ciclo reconocible: los Estados Unidos ataca, Irán toma represalias, hay una pausa y algo de diplomacia indirecta, ambas partes se preparan de nuevo y, luego, Washington ataca una vez más. Una pausa entre golpes no es paz.
La administración de Trump sigue afirmando que la marina, las fuerzas de misiles y la infraestructura militar de Irán han sido destruidas. Sin embargo, la evidencia de las repetidas represalias de Irán refuta esta afirmación. Es cierto que los sistemas de Irán han sufrido daños a causa de un bombardeo feroz, pero que estén dañados no significa que estén desarmados. El 4 de septiembre, el portavoz del ejército iraní, el general de brigada Mohammad Akraminia, declaró a la IRNA que los primeros misiles y drones iraníes habían sido lanzados a los quince minutos del ataque estadounidense. Afirmó que el ejército atacó cuatro bases estadounidenses en tres países: dos en los Emiratos Árabes Unidos, la base aérea Sheikh Isa en Bahrein y una base en Kuwait. En comunicados separados, Irán señaló que había atacado sistemas de comunicaciones por satélite, almacenes de equipo y hangares de aeronaves en la base aérea Ahmad al-Jaber en Kuwait, así como tropas y sistemas de radar en Al Minhad, en los Emiratos Árabes Unidos. La activación de las defensas aéreas y el reconocimiento de estos ataques por parte de los gobiernos regionales establecen el hecho fundamental: Irán conserva tanto la capacidad como la voluntad de alcanzar la infraestructura de bases estadounidenses.
Este es el acontecimiento más importante de la guerra. Los Estados Unidos construyó su poder en Asia Occidental sobre la base de una asimetría. Podía bombardear a un país desde aeródromos protegidos y centros de mando dispersos por toda la región, mientras que el país atacado era incapaz, o no estaba dispuesto, a atacar esas bases. Irak lanzó misiles Scud contra Israel en 1991, pero no atacó sistemáticamente la vasta infraestructura militar estadounidense en el Golfo. Bagdad temía que atacar las bases estadounidenses provocara una destrucción aún mayor. De todos modos, la destrucción mayor llegó. Irán aprendió esa lección.
Irán ha comenzado ahora a revertir la asimetría. La costosa red de bases diseñada para proyectar el poder de los Estados Unidos se ha convertido en un conjunto de objetivos. Al Udeid en Qatar, el cuartel general de las operaciones aéreas estadounidenses en toda la región; las instalaciones de la Quinta Flota en Bahrein; las bases aéreas y los centros logísticos en Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos; Camp Titin en Jordania; y las instalaciones en Irak y Siria ya no pueden considerarse una retaguardia segura. Una evaluación en lengua árabe publicada tras los últimos ataques describió esto con precisión: las bases en Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos se han convertido en posiciones de primera línea, mientras que oleadas combinadas de drones señuelo, misiles balísticos y misiles de crucero buscan saturar las defensas Patriot y THAAD para luego atacar los sistemas de mando, radar, comunicaciones y logística. Esta técnica es relevante porque un interceptor que cuesta millones de dólares puede ser atraído hacia un dron que cuesta una fracción minúscula de esa suma.
La vulnerabilidad es tanto política como militar. Todas las instalaciones estadounidenses se encuentran en territorio de otro país. Los gobiernos del Golfo deben preguntarse si la presencia militar de Washington es un escudo o un pararrayos. Irán no necesita destruir todas las bases, solo demostrar que estas representan un peligro para los Estados que las albergan. Los gobiernos del Golfo podrían entonces restringir el uso de su territorio para los ataques estadounidenses, lo que obligaría a las operaciones de los EE. UU. a trasladarse a instalaciones distantes como Diego García, la base del Reino Unido en Chipre y los portaaviones estadounidenses (que a su vez son cada vez más vulnerables al desgaste por despliegues prolongados).
La escalada de Irán
Además, Irán no ha avanzado mucho en su escalada. Podría aumentar el volumen de sus lanzamientos, ampliar sus objetivos a centros logísticos, puertos, sistemas de vigilancia y depósitos de combustible, o alentar a las fuerzas aliadas en Irak, Líbano y Yemen a ingresar de lleno al conflicto. Podría obstruir aún más el Mar Rojo o cerrar el Estrecho de Ormuz. Cualquier medida agravaría la crisis económica provocada por la guerra. Esto es algo que no desea Trump, quien enfrenta elecciones de medio período en noviembre.
Irak es un punto de inflexión especialmente importante. Informes en lengua árabe describen el plazo del 30 de septiembre fijado por el Gobierno para poner todas las armas bajo control estatal y la negativa de varias facciones armadas a desarmarse mientras permanezcan tropas estadounidenses y turcas en el país. Las demandas de las facciones no son marginales: sitúan la presencia militar estadounidense como el eje central de la disputa. Un intento de coaccionar a estos grupos para que se desarmen podría provocar una crisis interna en Irak. Si no logran desarmarlos, quedan decenas de miles de combatientes, incluidas unidades con misiles y drones, como un frente latente contra las bases estadounidenses. Washington no puede dar por sentado que la geografía del conflicto se mantendrá dondequiera que desee trazar la línea.
Luego está el nivel más alto: la cuestión nuclear. La última cifra verificada por la Agencia Internacional de Energía Atómica indicaba que Irán posee 440,9 kilogramos de uranio enriquecido al 60%, dato registrado antes de que las inspecciones se vieran interrumpidas por los ataques contra instalaciones iraníes. Nadie fuera de Irán sabe ahora con certeza dónde se encuentra todo ese material, en qué estado se encuentra o si el enriquecimiento ha avanzado. Teherán no ha declarado que vaya a fabricar un arma. Sin embargo, en agosto, Ebrahim Rezaei, del Comité de Seguridad Nacional y Política Exterior del Parlamento iraní, argumentó que la retirada del Tratado de No Proliferación Nuclear sería la mejor respuesta a la guerra económica intensificada por Trump. Ya ha circulado en el Parlamento una propuesta de retirada.
Esta incertidumbre es en sí misma una forma de disuasión. Los planificadores estadounidenses que contemplan un primer ataque nuclear o de destrucción abrumadora no pueden estar seguros de que Irán no cuente con un arma de pequeño tamaño o con la capacidad para ensamblar una. Irán podría decidir enriquecer uranio por encima del 90%, probar un dispositivo y exigir que cesen los ataques, el camino que tomó la República Popular Democrática de Corea tras observar lo ocurrido en Irak y Libia. Esa decisión conllevaría peligros inmensos y aún no se ha tomado. Pero la guerra de Washington está haciendo imaginable lo que décadas de política estadounidense pretendían evitar.
La ventaja de Irán no radica en poseer mayor poder explosivo. Los Estados Unidos conserva la capacidad de infligir una destrucción espantosa. La ventaja de Irán radica en su capacidad para imponer costos, dispersar sus fuerzas, mantener a Washington en la incertidumbre y soportar golpes sin ceder su soberanía. El ejército de los EE. UU., por su parte, está consumiendo escasos interceptores y municiones de largo alcance mientras arma a Israel y a Ucrania, defiende instalaciones repartidas a lo largo de un arco enorme y se enfrenta a un electorado que no quiere bolsas para cadáveres ni otra guerra interminable. Irán ha convertido el alcance geográfico de los EE. UU. de una ventaja en una vulnerabilidad.
Esto no significa que Irán haya ganado, ni que la escalada sea segura. Un imperio herido es excepcionalmente peligroso. Trump desea una rendición iraní que pueda exhibir antes de las elecciones de medio período en los EE. UU., pero la coacción no la ha logrado. La Casa Blanca cuenta con fuerza militar sin una estrategia política secuencial: puede golpear con mayor intensidad, pero cada golpe abre nuevas opciones para Irán. Teherán, por el contrario, puede avanzar paso a paso mientras presenta cada acción como una represalia. Irán ha informado a las Naciones Unidas de que Estados Unidos inició los ataques y que sus propias operaciones son actos recíprocos de autodefensa. La muerte de civiles en la boda debilita aún más la posición moral de Washington.
La salida no es un misterio. Requeriría que los Estados Unidos dejara de atacar a Irán, pusiera fin a su bloqueo y a las sanciones coercitivas, y regresara a las negociaciones basadas en el memorándum de junio, en lugar de buscar la capitulación. También dependería de que los Estados de la región se negaran a permitir el uso de su territorio para nuevos ataques. Un proceso diplomático creíble se vería fortalecido por una investigación de las Naciones Unidas sobre el bombardeo de la boda y otros ataques contra civiles. De lo contrario, la institución, que está buscando un nuevo secretario general, corre el riesgo de convertirse en un contador que llega solo después de que el edificio se haya incendiado.
Trump se encuentra atrapado entre un adversario que no se rendirá y un reloj electoral que no se detiene. Es posible que aún ordene otro ataque espectacular con la esperanza de que la violencia pueda forjar la victoria. Pero Irán ha demostrado que las bases estadounidenses no son santuarios, que las armas estadounidenses no son inagotables y que la escalada de los Estados Unidos no determina el movimiento final. La antigua asimetría se ha invertido. Washington aún puede destruir. Ya no puede dictar.

