La guerra y el racismo siempre han sido violenta y trágicamente inseparables. Durante siglos, los conflictos más devastadores y brutales del mundo han sido impulsados por destructivas ideas de superioridad racial y asesinas afirmaciones sobre las diferencias étnicas.
La invasión rusa a Ucrania es aborrecible y profundamente preocupante. Se trata de un atropello no provocado e injustificable y una terrible violación del derecho internacional, que tendrá consecuencias duraderas y trágicas. La agresión rusa, el bombardeo militar y el despliegue de tropas en Ucrania deben terminar inmediatamente.
La guerra y la escalada militar no pueden traer nada bueno. Como dijo en febrero el periodista de Globetrotter, Vijay Prashad, en el Foro de los Pueblos: “La guerra nunca es buena para los pobres. La guerra nunca es buena para los trabajadores. La guerra en sí misma es un crimen”. La comunidad internacional debe redoblar sus esfuerzos para encontrar una solución diplomática que garantice la paz y proteja la vida de los habitantes de Ucrania y de otros países azotados por la guerra.
Racismo y guerras
La ubicuidad del apoyo a Ucrania – especialmente por parte de los Estados occidentales – es un espejo que muestra cómo, a través del prisma del racismo, algunos conflictos, guerras e incidentes de sufrimiento masivo se consideran más importantes y merecedores de simpatía que otros. Ha habido numerosos casos de periodistas que han expresado su conmoción por el hecho de que las espantosas imágenes de sufrimiento de Ucrania tengan lugar en un país europeo con una población mayoritariamente blanca. Así lo expresó la corresponsal de NBC News en Londres, Kelly Cobiella, quien dijo: “Para decirlo sin rodeos, estos no son refugiados de Siria; son refugiados de la vecina Ucrania… Son cristianos; son blancos. Son muy similares [a nosotros]”. Haciendo eco de esta referencia explícita a la raza, el ex fiscal jefe adjunto de Ucrania, David Sakvarelidze, declaró a la BBC: “Es muy emotivo para mí porque veo que matan a personas europeas con ojos azules y pelo rubio”.
Si contrastamos esto con el lenguaje deshumanizado que se utiliza para describir a las personas refugiadas no-blancas, a solicitantes de asilo y a las víctimas de la guerra (como la descripción hecha por el ex primer ministro británico David Cameron de los y las refugiadas como un “enjambre”) se evidencia el – muy preocupante – racismo inherente a la forma en que los medios de comunicación, los líderes y el público de todo el mundo informan, discuten y responden a las crisis. Esta omisión de las personas no blancas y no europeas sirve para desestimar su sufrimiento. Deberíamos oponernos al trauma injustificable de la gente de Ucrania con la misma vehemencia con la que nos oponemos al sufrimiento de las víctimas de los conflictos en Palestina, Siria, Irak, Afganistán y otros países que sufren los males de la guerra.
Los medios de comunicación y el Gobierno del Reino Unido deben reconocer que todos los escenarios de conflicto merecen tanto nuestra solidaridad como nuestra compasión. Por lo tanto, el Gobierno del Reino Unido debe garantizar el ingreso y refugio a las personas desplazadas, refugiados y solicitantes de asilo que llegan de Ucrania, así como de todos los demás escenarios de conflicto alrededor del mundo. La continua hipocresía del Gobierno del Reino Unido es evidente con el abominable plan de procesamiento en el extranjero de Ruanda y la “anti-refugiados” Ley de Nacionalidad y Fronteras de 2022, que prevé cambios drásticos en el sistema de asilo de Gran Bretaña. Estas políticas deben ser desechadas inmediatamente.
La larga tradición de no-alineación
El 2 de marzo de 2022, las Naciones Unidas votaron una moción que condenaba la invasión rusa de Ucrania. Esta fue apoyada por 141 de los 193 estados miembros, y sólo cinco Estados (Rusia, Bielorrusia, Corea del Norte, Eritrea y Siria) votaron en contra. Para entender por qué 35 Estados – en su inmensa mayoría antiguas colonias del Sur Global – se abstuvieron de votar, hay que tomar en cuenta la larga tradición de no-alineación sobre la que se sostienen.
La Conferencia de Bandung de 1955 se considera – justificadamente – una de las reuniones más importantes de la historia de la humanidad, por ser enormemente inspiradora para pueblos anteriormente colonizados y representar una fuerte afirmación del panafricanismo y la solidaridad antiimperialista. La conferencia también contribuyó a popularizar el Movimiento de los No-Alineados, un esfuerzo por contrarrestar la rápida polarización del mundo durante la Guerra Fría, en la que dos grandes potencias formaron bloques y se embarcaron en una política para atraer al resto del mundo a sus órbitas. Uno de estos bloques era el bloque comunista pro-soviético, unido bajo el Pacto de Varsovia, y el otro era el grupo de países capitalistas pro-estadounidenses, muchos de los cuales eran miembros de la OTAN. Millones de civiles murieron durante las guerras por delegación entre Estados Unidos y la Unión Soviética en la segunda mitad del siglo XX, y la amenaza siempre presente de la aniquilación nuclear pendía como la espada de Damocles sobre todo el planeta.
La no-alineación nos orienta hacia un futuro más seguro y pacífico. En 1961, basándose en los principios acordados en la Conferencia de Bandung de 1955, se estableció formalmente el Movimiento de los No-Alineados en Belgrado, entonces parte de Yugoslavia. En la actualidad, el Movimiento de los No-Alineados incluye a 120 países, que representan casi dos tercios de los miembros de las Naciones Unidas, donde vive el 55% de la población mundial. Kwame Nkrumah, primer presidente de Ghana y líder del Movimiento de los No-Alineados, dijo: “No miramos ni al Este ni al Oeste; miramos al frente”.
Aunque el Movimiento de los No-Alineados se desarrolló durante la geopolítica de la Guerra Fría, se fundó y ha perdurado sobre el reconocimiento de que nada bueno puede salir de la guerra y que los conflictos violentos, el colonialismo y el racismo siempre han estado estrechamente relacionados. Por ejemplo, de los 35 países que se abstuvieron de votar el 2 de marzo, 17 eran naciones africanas, que durante siglos sufrieron la extracción violenta del colonialismo. La abstención no fue, para nada, un reflejo del apoyo a la invasión rusa. Fue una afirmación de pacifismo, hecha por países que durante siglos han vivido bajo los abominables resultados racistas de la guerra colonial.
En todo el mundo, los casos de asesinatos y atroz violencia a manos del Estado británico se han borrado de nuestra imperial “memoria del presente”. Ha llegado el momento de que los antiguos Estados coloniales pidan disculpas y se tomen en serio la deuda histórica que tienen con los países, comunidades y personas que soportaron su crueldad. Un Movimiento de los No-Alineados revitalizado, guiado por los principios del pacifismo, la justicia y la cooperación internacional, podría ayudar a equilibrar la balanza de la política mundial, alejándola de las guerras racistas y acercándola a un futuro de paz.

