“Ustedes viven con mucha tranquilidad”, me dice un amigo ruso llegado a Buenos Aires desde el mismísimo Rostov del Don, la retaguardia estratégica inmediata de la guerra ruso-ucraniana. Se gana la vida haciendo masajes, ama su patria y detesta la guerra, enseñando un humanismo tolstoiano. En su nueva y temporaria patria, se mueve en un barrio seguro. Sufre el altísimo costo de vida local, pero no reconoce la miseria que se desparrama cada vez más entre los argentinos, la ignora con disimulo.
“Nosotros tenemos una base de la OTAN en el país, vos ahora sabes lo que significa”, le digo. No quiero hundir su isla de paz, pero es un mes especial: al aniversario por los 50 años de la última Dictadura (1976-1983), se suma uno nuevo por la Guerra de Malvinas (1982). A los argentinos, que todavía nos duele la franquicia de la Guerra Fría que tuvimos en el país, nos indigna que el presidente Javier Milei haya abierto otra de lo que en la década de los 90 llamamos “relaciones carnales”, del imperialismo exacerbado, del hiperimperialismo. Su estupidez y lacayismo ponen en riesgo la soberanía nacional, la seguridad, la autoestima y la moral de la población. ¿Acaso no fuimos recientemente uno de los tres países, junto a los Estados Unidos e Israel, en rechazar una declaración contra la esclavitud moderna en las Naciones Unidas?
“¿Una base de la OTAN?”, me pregunta, mientras el oasis porteño se le desdibuja en las iris. “No lo ves, no escuchás sobre eso, pero Gran Bretaña tiene un enclave colonial como en los viejos tiempos”, le respondo. Y entonces le cuento que Milei convirtió la soberanía como derecho inalienable en un activo financiero para hacer trading, que asumió hace dos años lanzando loas a Margaret Thatcher, la premier que nos hizo la guerra y que ordenó el hundimiento del crucero Belgrano fuera de la zona de exclusión y que su actual política de renuncia a la soberanía en Malvinas se puede medir en barriles de petróleo y toneladas de pesca.
En efecto, en enero de 2026, la empresa israelí Navitas Petroleum está lista para iniciar la extracción de petróleo en la Cuenca Norte, planeando, junto a la británica Rockhopper Exploration, producir 55 mil barriles diarios a partir de 2028, desconociendo el carácter de recurso disputado que le otorga la ONU y la sanción del país que pesa sobre ambas empresas por operar sin autorización en la plataforma continental. Milei anunció que tomará todas las medidas necesarias, pero luego viajó a Israel a abrazarse con el primer ministro Benjamin Netanyahu.
Por otro lado, la temporada de calamar proyecta una biomasa de 40.000 toneladas, un “oro blanco” que financia el 60% del PBI de la ocupación colonial, recursos que Argentina observa pasivamente desde sus 200 millas de plataforma continental. ¿No es dinero destinado a sostener, en última instancia, la infraestructura militar británica?
El amigo ruso no se muestra convencido. Su experiencia territorial de su Rostov natal y el pedazo securitizado porteño que habita proyectan en su rostro un escepticismo conveniente. Lo entiendo, pero refuerzo el punto. La franquicia del hiperimperialismo que Milei y su rancio liberalismo abrieron en el país tiene otra veta: la apertura del puerto de Ushuaia para la creación de una base naval integrada con los Estados Unidos, consolidando la presencia de la OTAN en el Atlántico Sur.
El amigo ruso no tiene por qué conocer la historia argentina: ignora que en junio de 1955 la propia Marina argentina bombardeó a su pueblo en la Plaza de Mayo, apenas ha oído hablar de la dictadura de 1976, esa maquinaria de desaparición y tortura que rompió, entre muchas otras cosas, la compañía que existía hasta entonces entre la productividad y el ingreso de los trabajadores en el país, provocando un deterioro en la distribución del ingreso para las clases trabajadoras del que no nos recuperamos ni siquiera en los mejores tiempos. “Si nuestros propios marinos argentinos bombardearon a los trabajadores, imaginate lo que puede hacer la OTAN, si un gobierno popular quisiera revertir el desastre de Milei”, le digo.
El ejercicio de imaginación que le propongo no requiere demasiado esfuerzo. Allí están los bombardeos a Irán, haciendo uso de su flota pero también de las bases militares estadounidenses en la región, la invasión y secuestro del presidente y la primera dama en Venezuela, y el intento de llevar a la OTAN lo más cerca posible de las fronteras rusas. Allí se explica el precio de la franquicia del imperialismo exacerbado de Milei, en un nuevo aniversario por el reclamo de la soberanía de nuestras islas.

