En un flagrante desprecio por el derecho internacional y la soberanía nacional, la administración Trump invadió y secuestró al presidente Maduro y a la primera dama Cilia Flores de Venezuela. Lejos de ser un hecho aislado, la creciente bravuconería y las declaraciones del presidente Donald Trump abren la aterradora posibilidad de que, si no se le hace frente, la maquinaria bélica de Trump prolifere en sus agresiones, con Cuba, México y Colombia o Groenlandia como posibles próximos objetivos. El hiperimperialismo estadounidense está dividiendo y desintegrando el mundo en un momento en el que deberíamos unirnos para hacer frente a nuestras crisis más existenciales.
La clave de esta estrategia de dominación militar es “la inteligencia artificial, la computación cuántica y los sistemas autónomos, además de la energía necesaria para alimentarlos”. La promesa de Corea del Sur de invertir 350.000 millones de dólares en fábricas, conocimientos técnicos de fabricación y tecnología en estos sectores reforzará la maquinaria bélica de Trump. Oponerse a este memorando de entendimiento es una forma de resistir el hiperimperialismo de la administración Trump.
Robando al ratón
Desde su “Día de la Liberación”, la guerra arancelaria de Trump ha extorsionado al resto del mundo con promesas por valor de billones de dólares, acusándolo de aprovecharse de los Estados Unidos y de crear el déficit comercial estadounidense. Esta narrativa ignora convenientemente a los ultra ricos de los Estados Unidos, cuyas empresas de billones de dólares se construyeron sobre estas cadenas de suministro globales. Más concretamente, más del 70% de las empresas del S&P 500 de los Estados Unidos dependen de las cadenas de suministro globales (como se ha observado por el impacto de la COVID-19 en ellas). Lo más espectacular es que Apple se convirtió en una empresa de 3,8 billones de dólares vendiendo productos fabricados por el resto del mundo. Si fuera un país, Apple sería el séptimo más grande. Amazon se convirtió en una empresa de 2,6 billones de dólares (más que el PIB de Italia, el octavo del mundo) comercializando principalmente (71%) productos fabricados en China. No obstante, si los países se desarrollaron e industrializaron produciendo productos estadounidenses, lo hicieron a pesar de ganar centavos por cada dólar. Por ejemplo, China ganó 2 centavos por cada dólar de la venta de un iPhone; Apple ganó más de 50 centavos. La mayor parte de la balanza comercial de los Estados Unidos no fue a parar a las arcas de los países de todo el mundo, sino a las de los ultra ricos de los Estados Unidos, que se llevaron la mayor parte de la riqueza. Ahora, Trump va a por la parte del ratón.
Se ha hablado mucho del hecho de que la promesa de inversión de 600.000 millones de dólares de la UE carece de fuerza ejecutiva, ya que la mayor parte de la inversión se realiza por sí sola a través de los mercados. Sin embargo, el mecanismo de ejecución de las promesas de inversión de Japón y Corea del Sur, de 550.000 millones de dólares (el 42% de las reservas extranjeras de Japón) y 350.000 millones de dólares (el 83% de las reservas extranjeras de Corea del Sur), es mucho más directo y brutal. Ambos países deben invertir en los proyectos de Trump o arriesgarse a sufrir aranceles recíprocos. Más concretamente, la administración Trump propondrá inversiones en sectores estratégicos. Si se niegan, Trump puede simplemente imponer los aranceles recíprocos y, a pesar de que Corea del Sur se jacta de haber conseguido un acuerdo mejor que Japón (gracias a las garantías de que los Estados Unidos tendría en cuenta los efectos desestabilizadores de las inversiones y las limitaría a 20.000 millones de dólares al año), sigue teniendo el mismo desigual sistema de reparto de beneficios: los inversionistas surcoreanos y japoneses aportarían todo su capital y sus conocimientos técnicos de fabricación a un proyecto, pero, contrariamente a los principios del mercado, seguirían entregando el 50% y, una vez recuperada la inversión, el 90% de los beneficios del proyecto a los Estados Unidos. En efecto, los Estados Unidos obtiene el 50% y luego el 90% de los beneficios sin aportar ni un centavo de su propio dinero. Además, aún no está claro qué impacto tendrá en sus ciudadanos la salida de inversiones tan masivas de Corea del Sur y Japón. Al construir fábricas y formar a futuros competidores, es difícil descartar un vaciamiento de la base industrial de cada país y un debilitamiento de sus ventajas competitivas.
Modernización de la maquinaria bélica
Lo peor de todo es que estas inversiones no construyen un mundo centrado en las necesidades y los intereses de la población de los Estados Unidos o del mundo, ni hacen que el mundo sea más seguro o sostenible. Por el contrario, ayudan a Trump a preservar y promover “tecnología militar de vanguardia y tecnología de doble uso” para intimidar, acosar e invadir otros países. Más concretamente, Corea del Sur invertirá 150.000 millones de dólares para ampliar la capacidad de los Estados Unidos (que sufre un atraso en los pedidos) para construir buques de guerra y posiblemente submarinos de propulsión nuclear. Además, Corea del Sur invertirá hasta 20.000 millones de dólares al año durante 10 años en sectores que la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump ha identificado como decisivos para “el futuro del poder militar”. Las fábricas de semiconductores crearían los chips para los centros de datos que permitirían a los Estados Unidos dominar la inteligencia artificial, que se está convirtiendo en fundamental para la guerra. Para alimentar estos centros de datos, que consumen mucha electricidad, Corea del Sur proporcionará las centrales nucleares. Por último, Corea del Sur proporcionará tecnología de fundición y conocimientos técnicos para refinar minerales críticos para la defensa.
No es definitivo
Aunque Trump ha logrado obtener muchas concesiones a través de su guerra arancelaria, los memorandos de entendimiento (MOU) alcanzados no son definitivos. No solo se está deliberando en el Tribunal Supremo sobre la legalidad de los aranceles de Trump (el mecanismo de extorsión), sino que los MOU no son legalmente vinculantes.
En otras palabras, su aplicabilidad vendrá determinada por la lucha entre la presión arancelaria de Trump y la voluntad del Gobierno – y, lo que es más importante, de su pueblo – de resistir la extorsión y la maquinaria bélica de Trump.
Los partidos políticos progresistas y la sociedad civil de Corea del Sur crearon el Comité Organizador de la Acción Popular Internacional contra el primer aniversario de Trump para resistir sus agresiones. Jeong-eun Hwang, del Comité Organizador, explica: “Los Estados Unidos no necesita más submarinos, buques de guerra e inteligencia artificial para intimidar, acosar y destruir el mundo. Oponerse a la inversión de 350.000 millones de dólares de Corea del Sur ofrece una forma concreta de resistir a Trump”.

