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Las tres semanas que sacudieron a Brasil y al mundo

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Este artículo fue elaborado por Globetrotter

CUERPO DEL ARTÍCULO:

Las diferentes generaciones que vivieron las tres semanas entre la primera y la segunda vuelta nunca olvidarán su significado. Quizás haya sido el mayor proceso educativo de masas que haya vivido la sociedad brasileña.

Hubo cientos de movilizaciones repartidas por todo Brasil; millones de personas salieron a las calles; algunas se organizaban en sus barrios, mientras que otras escribían notas y las distribuían de puerta en puerta en su vecindario; se repartían volantes en las estaciones de metro, las paradas y las terminales de autobús; jóvenes con pancartas en las calles, dispuestos a escuchar el descontento de la gente y a conversar sobre lo que estaba en juego; se organizaron viajes compartidos para garantizar que todos pudieran votar; jóvenes que llevaron a sus abuelas el día de las elecciones. No faltó creatividad en las acciones de una masa descentralizada, pero con un objetivo común: garantizar la victoria de Lula e impedir el regreso de un fascista al gobierno y todo lo que vendría con una posible victoria de Flávio Bolsonaro.

La historia – y el pueblo – se mostraron generosos con nosotros. Y tal vez esta haya sido la última oportunidad en este nuevo ciclo que se inicia para que las cosas cambien radicalmente de rumbo, y para que un futuro cercano no termine en una tragedia anunciada.

En 2014, Dilma Rousseff partía en desventaja en la segunda vuelta frente a Aécio Neves, y su victoria solo se garantizó gracias a las organizaciones populares que salieron a las calles para debatir con la sociedad las diferencias entre los proyectos y lo que estaba en juego. Tan pronto como asumió su segundo mandato, aún en enero de 2015 y en medio de la resaca de fin de año, Dilma promulgó dos medidas provisorias contrarias a la clase trabajadora, cedió a la presión ejercida por el capital financiero, nombró a Joaquim Levy como ministro de Hacienda e hizo una serie de concesiones en materia de ajustes fiscales, con el pretexto de calmar los ánimos que se estaban intensificando en contra del Gobierno. Dos años después, Dilma sufrió un golpe por parte de aquellos con quienes había intentado conciliarse, y pocos salieron a las calles en su defensa.

Inmediatamente después, con el encarcelamiento de Lula, el discurso del actual presidente nunca había sido tan certero, rebosante de odio de clase, atacando a la élite brasileña y denunciando el papel de los grandes medios de comunicación. Tras su victoria en las elecciones de 2022, Lula organizó diversos grupos de trabajo con la participación de diferentes sectores de la sociedad para construir un tercer mandato con mayor participación popular. Tan pronto como comenzó su Gobierno, se tomó en cuenta muy poco de lo que se había elaborado; Lula se quejó de las primeras movilizaciones organizadas por el MST y promovió un ajuste fiscal que limitaba los gastos sociales del Gobierno.

El resultado fue un Gobierno que pasó la mayor parte del tiempo con la soga al cuello, sometido al chantaje de un Congreso conservador y extremadamente poderoso.

El único momento en que el Gobierno logró respirar fue cuando decidió pasar al ataque, inmediatamente después de que el Congreso derogara el decreto que aumentaba las tasas del IOF. A partir de entonces, se inició el movimiento “Congreso enemigo del pueblo”: el Gobierno presentó una agenda de confrontación – la tributación de los bancos, las casas de apuestas y los multimillonarios –, politizó el debate, llevó la disputa a las redes sociales y la población salió a las calles para defender una causa justa que apuntaba a cambios estructurales. Meses después, se repitió el mismo movimiento cuando el Congreso intentó aprobar la PEC de la Inmunidad. Por primera vez, el Gobierno salió de la defensiva y recuperó su capacidad de iniciativa. Sin embargo, parece que lo aprendido duró poco, y prueba de ello fue la lucha por el fin del sistema de turnos 6×1.

A pesar de tratarse de un tema de amplio apoyo popular, construido desde la base hacia arriba y encabezado por los movimientos populares a través de un plebiscito nacional, el Gobierno prefirió negociar en las altas esferas, evitando el debate, la politización, la movilización y la organización de la sociedad. Al final, el Gobierno y la sociedad salieron victoriosos, gracias al enorme temor de los congresistas a rechazar una propuesta respaldada por más del 70% de la sociedad en pleno año electoral.

Y así continuó el mandato de Lula 3, un Gobierno sin grandes cambios, sin la capacidad de mejorar notablemente la vida de la mayoría e incapaz de contagiar a las masas la fe en un futuro próspero y transformador.

El resultado de todo ello quedó muy bien reflejado en la primera vuelta de las elecciones: una campaña completamente descoordinada, sin liderazgo, sin compromiso, incapaz de entusiasmar incluso a la militancia más combativa.

Pero la historia estaba de nuestro lado, y ocurrió lo mejor que podía haber ocurrido: perdimos la primera vuelta. De haber ganado en la primera vuelta, ¿qué habría significado un cuarto mandato de Lula frente a una sociedad desilusionada, sin ánimos para luchar y bajo un Parlamento aún más conservador? El susto de imaginar cómo sería un gobierno de Flávio nos salvó.

Ahora, nos enfrentamos a otro gran desafío. Es innegable la importancia y el impacto de las políticas sociales de los gobiernos del PT. Pero ya no son suficientes. La pregunta que queda es: ¿qué lecciones extrajo Lula de este proceso? ¿Cómo mantener viva toda la energía que se ha visto y vivido en las últimas semanas?

Un mayor acceso al consumo y una mejora en las condiciones de vida, por sí solos, por más importantes que sean, no son capaces de transformarse en organización y poder político. Esa fórmula ya ha demostrado su límite. La continuidad y la profundización de estas políticas dependen de una fuerza social que es necesario construir. Es necesario desarrollar políticas públicas que ayuden a organizar los territorios, a formar líderes y a elevar el nivel de conciencia de las masas.

Está más que demostrado que las políticas sociales desprovistas de procesos organizativos pueden ser fácilmente derrotadas y sufrir reveses entre una elección y otra. Cuando Lula fue elegido por primera vez en 2002, su victoria no estuvo acompañada de un levantamiento popular.

Veinticuatro años después, por primera vez en la historia reciente del país, se elige un Gobierno de izquierda gracias a movilizaciones masivas. Por primera vez, se podrá dejar de lado la excusa de la correlación de fuerzas. Por primera vez, el enfrentamiento y la tensión podrán dar paso a la conciliación de intereses antagónicos.

Ninguno de los caminos será fácil. Todo se reduce a decisiones políticas, y cada una de ellas tiene sus consecuencias. La correlación de fuerzas no es algo dado, sino que se construye. La solución está en el pueblo y en su capacidad organizativa. La solución está en elegir los caminos, en definir las luchas, en politizar el debate y en unificar las políticas públicas con la organización y la movilización social.

Fin del ARTÍCULO
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octubre 29, 2026
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